El corsario rojo
El corsario rojo Cuando todas las vergas y todas las velas estuvieron puestas en orden como exigÃa la nueva posición de] barco, Wilder se volvió con apresuramiento tratando de ver al otro barco: perdió un minuto en asegurarse del lugar preciso en que debÃa encontrarlo, ya que en tal caos de agua y sin otro guÃa que el juicio, la vista podÃa fácilmente equivocarse consultando los objetos más próximos y más familiares de los que estaba rodeado.
—El barco ha desaparecido —dijo Earing con una voz en cuyo fono se manifestaba el coraje y la desconfianza de forma singular al mismo tiempo.
—DeberÃa estar a este lado, pero confieso que no lo veo.
—SÃ, sà señor; asà es, se dice, que el crucero nocturno del cabo de Buena Esperanza aparecÃa y desaparecÃa. Hay gente que han visto ese barco rodeado de nieblas, en una hermosa noche tan estrellada como nunca se ha visto en las latitudes meridionales. Sin embargo ese barco no puede ser El Holandés; está muy lejos el cabo de Buena Esperanza de las costas septentrionales de América.
—¡Ahà esta! —gritó Wilder— ¡por el cielo!, ¡ha virado ya de bordo!
Ese hecho pareció producir una fuerte impresión a toda la tripulación.