El corsario rojo

El corsario rojo

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—¡Realmente ese barco ha virado de bordo! —dijo Earing después de una larga pausa dedicada a las reflexiones, y con una voz de la que la desconfianza o un miedo supersticioso empezaba a apoderarse cada vez más—; he navegado mucho tiempo por el mar, pero nunca he visto un navío virar de esa manera contra un mar que bate su proa.

—Señor Earing —dijo Wilder—, desplegaremos todas las velas de La Real Carolina competiremos en velocidad con ese navío insolente. Sujete con las amuras los puños de la vela mayor y despliegue las de los masteleros.

El lugarteniente repitió las órdenes necesarias tan pronto como se las habían dado. Los marineros, que ya habían empezado a ver el navío desconocido y a hablar entre ellos de su situación y de sus maniobras, obedecieron con un apresuramiento que podía atribuirse a un deseo secreto, pero general, de alejarse. Las velas fueron a continuación y con rapidez desplegadas, y después cada uno cruzo los brazos y fijo los ojos atentamente sobre el objeto o mejor sobre la sombra que se veía a sotavento, para ver qué efecto produciría la maniobra que acaba de realizar.



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