El corsario rojo

El corsario rojo

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La Real Carolina parecía, al igual que su tripulación, reconocer la necesidad de aumentar la velocidad. Desde que se sintió la presión de las grandes velas que acababan de ser desplegadas, se ladeó todavía más, y pareció inclinarse sobre el lecho de agua que se elevaba hacia el lado del viento hasta casi sus imbornales. Por otro lado, varios pies de sus planchas negras y de las grabadas en cobre pulido estaban al descubierto, aunque a veces bañadas por las olas verdea y enfurecidas que pasaban un toda su longitud, y que estaban coronadas siempre con una cresta de espuma resplandeciente. Mientras luchaba así contra las olas, los choques eran cada vez más violentos, y cada encuentro con el agua, al salir, formaba una nube de vapores brillantes que volvía a caer sobre el puente, que era transportada a través de las olas como una niebla, muy lejos a sotavento.

Wilder siguió mucho tiempo los movimientos del navío con aspecto de agitación, pero con toda la inteligencia de un buen marino. Una o dos veces, cuando le vio temblar después de un choque violento contra una ola, y parecía detenerse también súbitamente como si hubiera chocado contra una roca, sus labios se entreabrieron como para dar la orden de disminuir el número de velas; pero una mirada echada sobre el objeto, casi imperceptible, que veía siempre en el horizonte occidental le hizo volver a su primera determinación.


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