El corsario rojo
El corsario rojo —Ese mástil de gavia está plegado como una vara —dijo con voz intranquila Earing que estaba al lado de su comandante.
—¿Que importa? Tenemos mástiles de recambio para sustituirlo.
—Siempre he visto a La Real Carolina hacer vÃas de agua cuando es hostigada al ir contra la marea.
—Tenemos bombas.
—Sin duda, señor; pero según mi humilde opinión es inútil querer ganar velocidad a un barco que gobierna el diablo, si no hace él mismo toda la maniobra.
Aunque las olas que La Real Carolina rompÃa continuamente retardasen considerablemente su marcha, pronto hizo una legua en medio del furioso elemento. Cada vez que se sumergÃa, su proa dividÃa una masa de agua que a cada momento era más considerable, y se precipitaba contra ella con más violencia: y en más de una de sus embestidas, el barco, al avanzar, se veÃa casi sumergido por alguna ola que le era difÃcil remontar o atravesar.