El corsario rojo
El corsario rojo —He oÃdo decir a los más viejos marineros que no están en este barco —dijo él— que se ha visto al diablo enviar uno de sus lugartenientes a bordo de un barco que se dedica a un comercio lÃcito para conducirle a los escollos y bancos de arena, a fin de provocar su naufragio.
—Y sin embargo nuestro joven oficial tiene el barco en sus manos —dijo el más viejo de todos los marineros que habÃa tenido los ojos fijos con atención en todo cuanto hizo Wilder—. Lo conduce de una manera extravagante, de acuerdo, pero no obstante aún no ha roto un solo hilo de filástica.
—SÃ, y es en esto en lo que consiste toda la brujerÃa del asunto; tiene buen aspecto, de acuerdo; pero no es uno de esos aspectos que gustan a un inglés; hay en él un aire de reflexión que me fastidia, ya que no me gusta demasiado la reflexión en el rostro de un hombre, en vista de que no es siempre fácil saber lo que encierra su alma. Además ese extraño se nombra patrón de este barco.
—¡Pero cómo ha manejado La Real Carolina esta mañana!, no he visto nunca a un navÃo salir bien de un apuro más limpiamente.
Nighthead se puso a reÃr hacia sus adentros, lo que pareció a sus auditores querer decir muchas cosas.