El corsario rojo
El corsario rojo —Cuando un barco tiene cierta clase de capitán, no debe parecer extraño nada —dijo después de abandonar su significativa risa—. Por lo que a mà respecta, subà a este barco para ir de Bristol a Carolina y a Jamaica, haciendo escala en Newport a la ida y a la vuelta, y me atrevo a decir que no deseo ir a otra parte. En cuanto al hecho de desviar La Real Carolina de su mala posición con respecto al negrero, la maniobra ha sido perfecta, demasiado bien para ser un marino tan joven. Aunque la hubiera mandado yo mismo, no la hubiera podido hacer mucho mejor; ¿pero qué pensáis del viejo pescador en la barca, compañeros?, creo que hay pocos lobos de mar que hayan visto en su vida escapar a nadie de una persecución parecida.
—¡Ah!, ¡los de ese lado! —gritó Wilder con voz tranquila, pero imperativa.
Si una voz repentina se hubiese levantado del fondo del océano agitado, no hubiera podido parecer a los oÃdos de los marinos inquietos más alarmante que esta llamada inesperada. El joven comandante se encontró obligado a repetirla antes de que Nighthead, que según su rango debÃa naturalmente responderle, hubiera podido armarse de suficiente brÃo para hacerlo.
—Haga desplegar la vela del pequeño mastelero, señor —dijo Wilder cuando la respuesta acostumbrada le pareció al fin que habÃa sido oÃda.