El corsario rojo

El corsario rojo

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El lugarteniente y sus compañeros se miraron por un instante unos a otros con un aire de asombro estúpido, y movieron más de una vez la cabeza con una expresión melancólica antes de que uno de ellos, yendo hacia los aparejos, comenzase a subir para ejecutar la orden que acababa de ser dada.

Había algo realmente en la manera desesperada con que Wilder exponía continuamente al viento todas las velas, que hacía nacer la desconfianza, ya sea por sus intenciones, ya por su juicio, en el espíritu de las gentes supersticiosas de esos a los que el azar quería que mandase entonces. Mucho después, Earing y su compañero, el segundo lugarteniente, más ignorante y por consiguiente más testarudo, habían dicho que su joven comandante deseaba tan sinceramente como ellos escapar al barco semejante a un espectro que seguía tan extrañamente todos sus movimientos. Earing se aproximó a su oficial superior:

—¿Está usted convencido?, capitán Wilder —dijo, dándole el título que los derechos de nuestro aventurero exigían con toda justicia—; ¿realmente está usted convencido de que La Real Carolina pueda, por medios humanos, alejarse de ese otro barco?

—Me temo lo contrario —respondió el joven marino, respirando con un esfuerzo tan prolongado que sus secretos pensamientos parecían luchar en su pecho por salir fuera.


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