El corsario rojo

El corsario rojo

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—Y yo, señor, con toda la sumisión que debo a su educación más culta y al rango que usted ocupa en este barco, estoy convencido de lo contrario.

—Coja los anteojos, Earing, y dígame con qué velas navega ese barco y a qué distancia puede estar —dijo Wilder con aire pensativo.

El buen lugarteniente respondió como hombre cuya opinión es suficientemente autorizada:

—Ese barco está provisto de todos sus aparejos, y lleva tres velas de gavia llevando un rizo cogido, las velas bajas, la vela de foque y la del palo de cangreja de alivio.

—¿Y nada más?

—Podría jurarlo, si tuviera los medios de asegurarme, que ese barco es a todas luces parecido a los otros barcos.

—Y sin embargo, Earing, a pesar de todas esas velas desplegadas, no nos hemos alejado ni un pie.

—¡Señor!, señor —respondió el lugarteniente moviendo los hombros como quien está convencido de una locura de semejante tentativa—, ¡aunque raje y destroce la vela mayor por el viento, al hacer que este barco continúe navegando de esta forma, no cambiará la posición relativa de ese otro navío antes de que amanezca!

—¿Y la distancia? —preguntó Wilder—. No me ha dicho aún nada sobre la distancia.


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