El corsario rojo
El corsario rojo —Me atreverÃa a decir que está a un par de leguas de nosotros a sotavento, poco más o menos.
—Es precisamente lo que yo habÃa calculado. Seis millas no es una débil ventaja en una persecución sin tregua. Earing, haré volar La Real Carolina fuera del agua si es necesario, pero me alejare de ese otro barco.
—EstarÃa bien si La Real Car dina tuviera alas como un chorlito o una gaviota; pero tal como está construida, creo más probable que se sumerja en las aguas.
—Soporta bien las velas hasta el presente. ¿Sabe usted de lo que es capaz cuando se la persigue?
—La he visto navegar con cualquier tiempo que haya hecho, capitán Wilder, pero…
Su boca se cerró de pronto. Una enorme ola negra se levantó entre el barco y el horizonte de oriente, y avanzo, parecÃa que amenazaba sepultar todo lo que habÃa delante de ella. Wilder incluso oyó el choque con una inquietud que apenas le permitÃa respirar, notando por el momento que habÃa excedido los lÃmites de la discreción al lanzar a su barco con tan poderoso impulso contra semejante masa de agua, la cual rompió cerca de la popa de La Real Carolina, e inundó el puente con un diluvio de espuma.