El corsario rojo

El corsario rojo

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El barco se detuvo, crujiendo en todas las juntas de su masa sólidamente unida, comparable a un corcel sobrecogido de espanto y cuando volvió a tomar su marcha, lo hizo con una moderación que parecía advertir de su indiscreción a los que dirigían sus movimientos.

Earing miro a su comandante en silencio, pues sabía perfectamente que nada de lo que pudiera decir contendría un argumento tan poderoso como esa mirada. Los marineros no se atrevieron a gritar su descontento, y se oyó salir entre ellos más de una voz profética para predecir las consecuencias que acontecerían por la locura de tales riesgos. Wilder hizo a los murmullos oídos sordos o insensibles. Firme en sus proyectos secretos, hubiera desafiado los mas grandes peligros para tener éxito. Pero un grito muy distinto, aunque ahogado, que salió de la popa del barco, le recordó los temores de otros individuos. Dando rápidamente la vuelta, se aproximó a Gertrudis todavía temblorosa y a mistress Wyllys, quienes, durante varias largas y penosas horas, sin atreverse a interrumpirle en sus obligaciones, habían seguido sus menores movimientos con el más vivo interés.

—El barco, ha soportado bien este choque, y tengo confianza en conseguir lo que me propongo —les dijo con voz alentadora y utilizando frases apropiadas para inspirarles una ciega seguridad.


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