El corsario rojo
El corsario rojo —Desembarazadle; que nadie moleste sus movimientos —añadió la voz siempre tranquila e imponente del joven capitán—. Estad preparados para plegar el gran mastelero; dejadle colgar un momento para sacar el barco de este apuro. ¡Cortad!, ¡cortad!, ¡coraje, amigos mÃos! ¡Cuchillos, hachas, cortad con cualquier cosa!, ¡cortadlo todo!
Como los marinos trabajaban entonces con el ánimo que da una esperanza que renace, las cuerdas que sujetaban todavÃa el barco, con las berlingas caÃdas, fueron cortadas en un momento y La Real Carolina parecÃa brotar de la espuma que cubrÃa el mar, como un pájaro cuyas ligeras plumas rozaran la superficie del agua. El viento zumbaba con una fuerza que asemejaba al ruido lejano del trueno y que parecÃa levantar el barco. Como sabio y prudente marinero, dejaba que se agitaran los rizos de la única vela que quedaba cuando la borrasca se aproximaba: la vela de juanete desplegada, pero baja, estaba hinchada como para llevarse con ella al único mástil que aún estaba de pie. Wilder vio al momento la necesidad de deshacerse de esta vela y la imposibilidad total de sujetarla.