El corsario rojo

El corsario rojo

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Un simple golpe fue suficiente para efectuar la operación. Estirado tanto como le era posible por el gran peso que mantenía, tan pronto como fueron cortados los rizos mantenidos por Earing, todas las otras velas cedieron a continuación, dejando al mástil soportar sólo su peso y el de los arreos de su aparejo. La madera crujió en seguida, y entonces los aparejos cayeron con estrépito como un árbol que se corta de raíz, y atravesaron la corta distancia que los separaba aún del mar.

—¿Se levanta? —preguntó rápidamente Wilder al marino que manejaba el timón.

—Es preciso un ligero movimiento, al menos, señor, pero esta nueva borrasca le pondrá nuevamente de costado.

—¿Es necesario cortar? —preguntó Earing desde el palo mayor sobre el que se había precipitado con el ardor del tigre al lanzarse sobre su presa.

—Corte —fue la respuesta.

Un crujido terrible e imponente sucedió pronto a esta orden, después de varios hachazos violentamente descargados sobre el mástil. Madero, cuerdas, velas, todo se sumergió en el mar; y el barco se levantó y, al mismo tiempo, se puso a navegar lentamente en la dirección del viento.

—¡Se levanta!, ¡se levanta! —gritaron veinte voces hasta entonces mudas, suspensas entre la vida y la muerte.


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