El corsario rojo
El corsario rojo —¡El timón al viento!, ¡el timón al viento! —gritó Wilder en medio del estrépito de la tempestad. El viejo marino que se hallaba al timón obedeció a esta orden con decisión; pero en vano, tenía los ojos fijos en las velas de proa, para ver la forma en que el barco se prestaría a sus esfuerzos. Dos veces los grandes mástiles se inclinaron hacia el horizonte y dos veces se volvieron a levantar graciosamente en los aires; después cedieron al irresistible impulso del viento y el barco quedó tumbado en el agua—. ¡Cuidado!, —dijo Wilder agarrando por el brazo a Earing desesperado que se precipitaba por el extremo de la tilla—; es el momento de demostrar sangre fría: corra a buscar un hacha. —Tan pronto como lo pensó, dio esta orden; el lugarteniente obedeció, y se dirigió hacia el mástil de mesana para realizarlo con sus propias manos; el comandante iba detrás de él—. ¿Es necesario cortarlo? —preguntó con el brazo levantado y con voz firme y segura que redimía con mucho el momento de debilidad que poco antes había mostrado.
—¡Espere! ¿El barco obedece al timón?
—Ni lo más mínimo.
—Entonces corte —añadió Wilder con voz tranquila y sonora.