El corsario rojo
El corsario rojo Esfuerzos de nervios y músculos se realizaron para cumplir estas órdenes, con el objeto de estar preparados para recibir la tempestad que se aproximaba. En efecto, no había tiempo que perder, todos los brazos eran necesarios para llevar a cabo algún trabajo. La niebla transparente y de aspecto siniestro que en un cuarto de hora se había acumulado al noroeste se abatía ahora hacia ellos con la rapidez de un caballo que se lanza al ruedo. Entonces se oyó un ruido violento y terrible que retumbaba en el océano, cuya superficie, primeramente agitada, se rizó en seguida y acabó por cubrirse de una brillante espuma muy blanca. Poco después, la furia del viento se desencadenó contra la masa pesada e inerte del barco mercante. Al aproximarse la borrasca, Wilder aprovechó la débil ocasión que le ofrecían las variaciones del aire, para poner, lo antes que le fuera posible, el barco a favor del viento. Pero el perezoso barco no respondió ni a las voces de su impaciencia, ni a las necesidades del momento. Su proa abandonó lenta y pesadamente la dirección del norte, dejándole precisamente de forma que recibiría el primer choque en su costado descubierto. Afortunadamente para todos los que habían arriesgado su vida en este barco sin defensa, no les estaba destinado recibir ni un solo rasguño por la violencia de la tempestad. Las velas trepidaron sobre sus voluminosas vergas, hinchándose y cayendo alternativamente durante un minuto, y entonces el huracán se arrojó sobre ellas con una impetuosidad terrible. La Real Carolina recibió valerosamente el choque; pareció ceder un instante a su violencia, hasta el punto que se la veía echada de costado sobre el furioso mar; después, como si sintiera el peligro que corría, volvió a levantar sus mástiles inclinados, esforzándose en abrirse paso a través de las aguas.