El corsario rojo
El corsario rojo Tan sólo uno de ellos obedeció, y se dejó deslizar hasta la tilla con la rapidez del viento; pero las cuerdas se rompieron unas tras otras, y pronto todo crujió con estrépito. Durante unos instantes el mástil erguido se tambaleó y pareció inclinarse alternativamente hacia todos los puntos del horizonte; después cediendo al movimiento del casco del barco, todo cayó en el mar con un ruido horrible. Cuerdas, vergas, estays, todo se rompió como un hilo, dejando el casco desnudo y despojado del navío, elevándose de proa y desafiando a la tempestad como si nada se hubiera opuesto nunca a su marcha. Un silencio muy expresivo siguió al desastre. Parecía que los elementos incluso se habían detenido, satisfechos de su obra. Un reposo provisional parecía haber encadenado el furor de la tempestad. Wilder miró por la borda del barco y vio claramente a las desgraciadas víctimas todavía ligadas a su frágil soporte. Y pudo ver incluso a Earing agitando los brazos en señal de adiós, con el valor de un hombre que no solamente se daba cuenta de cuán desesperada era su situación, sino que también sabía soportar su suerte con resignación; después, todos estos restos de mástiles, aparejos con todo lo que tienen atados a ellos, desaparecieron en medio de la niebla terrible y sobrenatural que se extendía por todas partes desde el mar hasta las nubes.