El corsario rojo
El corsario rojo Durante las horas más críticas de la noche que acababa de transcurrir, la existencia de las pasajeras que estaban en los camarotes había sido olvidada por aquéllos a los que el deber retenía en cubierta. Mistress Wyllys y su discípula permanecieron, pues, durante ese tiempo en completa ignorancia de los desastres que habían tenido lugar. Subieron y estaban en cubierta, y no se habían recobrado aún del miedo en que les sumió el espectáculo de desolación que acababan de ver, cuando la rebelión meditada después de algún tiempo estalló contra Wilder.
—¿Qué significa este espantoso cambio? —preguntó mistress Wyllys con un gran temblor de labios, cuyo rostro, a pesar del poder extraordinario que ejercía sobre sus sentidos, estaba cubierto de una palidez mortal.
La mirada de Wilder era brillante, y su frente tan sombría como la tempestad a la que habían escapado tan felizmente, cuando respondió, haciendo a los amotinados un gesto amenazador:
—¿Qué significa esto, señora?, es una sedición, una vil, una cobarde sedición.
—¡Una sedición! ¿Ha sido una sedición la que ha despojado a este barco de sus mástiles, y le ha dejado desnudo y sin defensa en el mar?