El corsario rojo
El corsario rojo —Escuche, señora —interrumpió bruscamente el lugarteniente—, les puedo hablar francamente a ustedes, ya que sé quiénes son, y por qué motivos han embarcado en La Real Carolina.
Nighthead explicó en dos palabras a mistress Wyllys la situación desesperada del barco, y la absoluta imposibilidad de que permaneciera mucho tiempo a flote, puesto que reiteradas experiencias le habÃan convencido de que la bodega estaba ya medio llena de agua.
—¿Y qué hay que hacer? —preguntó la institutriz dirigiendo una mirada de angustia a la pálida y atenta Gertrudis—. ¿No hay ningún barco a la vista para salvarnos del naufragio?, ¿o es preciso perecer sin ayuda?
—¡Dios nos libre de encontrarnos con barcos desconocidos! —gritó el obstinado Nighthead—. Creemos que entre nosotros y la tierra debe haber unas cuarenta leguas hacia el noroeste. Agua y vÃveres hay en abundancia, y doce brazos vigorosos pueden llevar rápidamente una chalupa hasta el continente americano.
—¿Se propone abandonar el barco?
—SÃ, el interés de los armadores es caro a todo buen marino, pero la vida es más preciosa que el oro.