El corsario rojo

El corsario rojo

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—¡Hágase la voluntad del cielo!, pero no pensará hacer ningún acto de violencia contra el señor que, estoy segura, ha gobernado el barco en unas circunstancias tan críticas con una prudencia muy por encima de su edad, ¿no es cierto?

Nighthead murmuró algunas palabras en voz muy baja, y se retiró entonces para hablar con los marinos, que al parecer estaban dispuestos a secundarle en todas las cosas, por muy falsas e injustas que fuesen. En los breves instantes de incertidumbre que siguieron, Wilder guardó silencio, siempre tranquilo y dueño de sí, dejando escapar de sus labios una expresión de menosprecio, y conservando más la actitud de un hombre que tiene el poder de decidir la suerte de sus semejantes, que el de uno sobre el que pudiera influir alguien ajeno a él mismo.

Cuando los marineros estuvieron de acuerdo con lo que iban a hacer, el lugarteniente vino a decir el resultado de la deliberación. Sin embargo las palabras no eran necesarias para dar a conocer una parte esencial de la decisión, pues algunos marineros se ocuparon al momento de botar la lancha de popa, mientras que los demás trabajaban llevando a ella las provisiones necesarias.



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