El corsario rojo

El corsario rojo

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—Todos los cristianos que están a bordo del barco encontrarán lugar en esa lancha —dijo Nighthead—, y en cuanto a los que gusten de la confianza de ciertas personas, ¡rediez!, pues que recurran a su ayuda en vez de importunarnos.

—¿Debo, pues, pensar por eso —dijo Wilder con tranquilidad—, que tiene usted intención de abandonar el barco y no cumplir con su obligación?

El lugarteniente medio intimidado, pero siempre lleno de resentimiento, le dirigió una mirada en la que se veía que su temor le disputaba al orgullo el triunfo; al fin respondió:

—Usted que sabe hacer navegar a un barco sin la ayuda de la tripulación, no necesitará barco. Por lo demás, no podrá contar a sus amigos, cualesquiera que sean, que le dejamos sin medios para llegar a tierra, si es que en realidad, es de la tierra de donde es usted habitante; ahí le queda la chalupa.

—¡La chalupa!… pero usted sabe que sin mástil ni todos los esfuerzos reunidos podrían levantarla de la tilla.

—Los que han arrancado los mástiles de La Real Carolina podrán sustituirlos, —dijo un marinero haciendo gestos—. No pasará una hora desde que nos vayamos, cuando una mano invisible dirigirá sus palanquetas, y no le faltarán entonces compañeros de viaje.


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