El corsario rojo
El corsario rojo Wilder pareció desdeñar la respuesta. Empezó a pasearse con pasos lentos sobre cubierta, pensativo es cierto, pero muy tranquilo y con sangre fría. Durante este tiempo, como todos los marinos ardían en el mismo deseo de abandonar más tarde el barco, hicieron los preparativos con una actividad increíble. Las dos mujeres sorprendidas y alarmadas apenas habían tenido tiempo de enfocar bien la extraordinaria situación en que se encontraban, cuando vieron llevarse en la barca al patrón que había sido tan desgraciadamente herido; poco después se les llamó para que fuesen a ocupar un sitio junto a él.
El momento crítico había llegado, y ellas empezaron a notar la necesidad de tomar una decisión. Las advertencias, no las temían demasiado, serían inútiles; las miradas de odio y de malevolencia que se lanzaban de vez en cuando contra Wilder mostraban cuán peligroso había sido excitar unos espíritus tan obstinados y tan ignorantes a nuevos actos de violencia. La institutriz tuvo la ocurrencia de dirigirse al herido; pero el aire de inquietud desesperado con que había mirado a su alrededor al verse llevado por cubierta, y la expresión de sufrimientos físicos y morales que se veía en su rostro en el momento que lo ocultó con las mantas en que iba envuelto, hacían ver claramente la poca ayuda que se podía esperar de él en su situación actual.