El corsario rojo
El corsario rojo La estatura de este joven tenía esa grata dimensión que une de una forma tan especial el vigor y la acción. Parecía el resultado de una combinación perfecta, tanto en cuanto a las proposiciones que eran justas como en su gracia sorprendente. No obstante a que estas diferentes cualidades físicas se mostrasen aminoradas por un vestido de simple marino muy grosero, pero limpio y arreglado con bastante gusto, resultaban mucho más imponentes para intimidar las sospechas del sastre, y hacerle vacilar en dirigir la palabra al extranjero cuya vista parecía unida por una clase de encanto al presunto barco negrero de la bahía. No se atrevió a turbar una ilusión que parecía tan profunda, y abandonando al joven apoyado contra el borde del muelle donde se encontraba después de mucho tiempo sin notar en absoluto la presencia de ningún inoportuno, se apresuró a desviarse un poco para examinar a los otros dos personajes.
Uno de ellos era blanco, y el otro negro. Los dos habían pasado su edad juvenil, y su aspecto demostraba evidentemente que habían estado expuestos mucho tiempo al rigor de los climas y de infinitas tempestades. Sus vestidos, manchados de alquitrán y llevando más de una señal de los estragos del tiempo, anunciaban que pertenecían a la clase de simples marineros.