El corsario rojo
El corsario rojo El primero era de baja estatura, rechoncho pero vigoroso y, gracias a una feliz disposición de la naturaleza, desarrollada quizá por una larga costumbre, el lugar principal de su fuerza se encontraba en los hombros anchos y carnosos, y en unos brazos robustos y nervudos. Tenía una cabeza enorme, la frente pequeña y casi cubierta de cabellos, los ojos pequeños, muy vivos, a veces fieros, a menudo insignificantes; la nariz gruesa, corriente y con granos; la boca grande, lo que parecía indicar avidez, y el mentón ancho, varonil e incluso expresivo. Este individuo, tan singularmente constituido, estaba sentado sobre un tonel vacío, y con los brazos cruzados mirando hacia el barco negrero del que tan frecuentemente hemos hablado, dando de tarde en tarde al negro compañero suyo las señales que le sugerían sus observaciones y su gran experiencia.