El corsario rojo

El corsario rojo

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El negro ocupaba un lugar más humilde y más de acuerdo a sus hábitos de sumisión. En la distribución muy particular de la fuerza animal, había una gran semejanza entre los dos, salvo que el último le aventajaba en cuanto a estatura e incluso en proporciones. Sus rasgos eran más distinguidos que los ordinarios; su aspecto dulce tomaba con facilidad una alegre expresión y algunas veces, era como la mirada de su compañero, de satisfacción; su cabeza empezaba a encanecer, su piel había perdido el color brillante de azabache que poseyera en su juventud; sus miembros, todos sus movimientos mostraban a un hombre cuyo cuerpo había sido endurecido por el trabajo sin descanso. Se encontraba sentado sobre un mojón poco elevado, y parecía ocupado atentamente en arrojar al aire pequeñas piedras, desarrollando su destreza al atraparlas con la misma mano que acababa de lanzarlas, cosa que demostraba a la vez la propensión natural de su espíritu a buscar la diversión en bagatelas, y la ausencia de esos sentimientos más elevados que son el fruto de la educación. Este juego, sin embargo, servía para hacer resaltar la fuerza física del negro; pues con el propósito de poder dedicarse sin obstáculos a esa pueril distracción, se había remangado las mangas de su chaqueta, y mostraba un brazo que hubiera podido servir de modelo para el de Hércules.



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