El corsario rojo

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Desplegó entonces sus dos improvisadas velas, y largando las escotas, se puso al mando como quien sabía que sus servicios serían necesarios bien pronto. El acontecimiento no se desvió en absoluto de lo que él había previsto. No tardó mucho tiempo en ver hinchadas las ligeras velas de su chalupa, y entonces, cuando dio a la proa la dirección conveniente, la pequeña barca comenzó a seguir lentamente a través de las aguas su insegura ruta.

Luego el viento, cargado con la gran humedad propia de la hora tan avanzada de la noche, se hizo más fresco y más fuerte. Wilder, por este motivo, insistió para que las damas se refugiasen a descansar bajo una pequeña tienda alquitranada que había tenido la previsión de echar en la chalupa.

Había alcanzado ya la noche la mitad de su curso sin que hubiera acontecido cambio material alguno en la posición de aquéllos cuya suerte dependía en tan alto grado de la variada influencia de la atmósfera. El viento cada vez más fresco, pasó a ser una brisa punzante, y según los cálculos de Wilder, habían avanzado ya varias leguas en línea recta hacia el extremo oriental de la isla larga y estrecha que separa el gran océano de las aguas que bañan la costa Conecticut. Los minutos transcurrían rápidamente, pues el tiempo les era favorable.


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