El corsario rojo

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Gertrudis no respondió nada, pero se retiró triste y pensativa junto a su aya. Al mismo tiempo Wilder, se ensimismo de nuevo, y se puso a consultar su brújula y la dirección del viento. Dándose cuenta de que podría acercarse al continente de América cambiando la dirección del bote, volvió hacia el sudoeste todo lo que el viento le permitió.

Pero no tenía muchas esperanzas en este cambio de rumbo. La fuerza de la brisa aumentaba por momentos y más tarde llegó a ser tan punzante que se vio obligado a plegar las velas de popa. El adormecido océano no tardó en despertarse, y la chalupa con la vela aferrada se elevaba sobre las oscuras olas que engrosaban sin cesar, o se escondía entre profundos surcos de los que salía al recibir la fuerza de la brisa siempre creciente.

El día llegó y se acentuó aún más la perspectiva de angustia. Las olas aparecían verdosas y agitadas, y sus crestas comenzaban a cubrirse de espuma, señal segura de que una lucha entre los elementos se iba a producir. Entonces el sol apareció en el extremo del horizonte al este, gravitando lentamente la bóveda azulada que se mostraba clara, distinta y sin una sola nube.



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