El corsario rojo
El corsario rojo Wilder observó todos estos cambios con una atención que manifestaba con evidencia cuán crÃtica consideraba la situación. Tanto se le veÃa consultando el cielo como observando la agitación y el violento movimiento del agua que golpeaba los costados de su pequeño barco con una fuerza que, a los ojos de sus compañeras, parecÃa amenazarles con un fin trágico. SabÃa que el principio del mal estaba en el aire, y que si ocurrÃa alguna anormalidad en las aguas sobre las que navegaba, la señal debÃa producirse a bordo por un elemento más temible.
—¿Qué piensa de nuestra situación actual? —preguntó mistress Wyllys a Wilder mirándole fijamente, como si se fiara más de la expresión de su rostro que de sus palabras para saber la verdad.
—Si el viento sopla asà durante mucho tiempo, podemos esperar mantenernos en la ruta de los barcos que van hacia los grandes puertos del norte; pero si sobreviene un huracán y las olas rompen con violencia, dudo que la chalupa pueda mantenerse a flote.
—Entonces, ¿nuestro recurso estarÃa en intentar correr antes que venga un huracán?
—SÃ, ése serÃa nuestro único recurso.
—¿Qué dirección deberÃamos tomar en tal caso? —preguntó Gertrudis.