El corsario rojo
El corsario rojo —En tal caso, —respondió Wilder, mirándola con un aire en el que la piedad y el delicado interés se confundÃan tan singularmente que la dulce mirada de Gertrudis se hizo tÃmida y furtiva—. En tal caso, nos alejarÃamos de esta tierra que tanto nos interesa alcanzar.
—¿Qué ver yo allÃ? —exclamó Casandra cuyos ojos grandes y negros se paseaban por todas partes con una curiosidad tal, que no podÃan contener ninguna inquietud, ningún presentimiento de peligro.
—Yo ver especie de gran pescado sobre el agua.
—¡Es una chalupa! —gritó Wilder saltando a un banco para observar un objeto oscuro que flotaba sobre la brillante cresta de una ola, a un centenar de pasos del lugar en que su barca luchaba contra los elementos—. ¡Ah! ¡Eh!, ¡chalupa!, ¡a nosotros! ¡Ah! ¡Eh!, ¡chalupa!, ¡a nosotros! —En aquel momento el viento sopló con fuerza en sus oÃdos, pero ninguna voz humana respondÃa a sus gritos. Estaban ya metidos entre dos mares en un profundo valle de aguas, donde la vista no alcanzaba a ver más que sombras y ruidosas barreras que les rodeaban por todas partes.
—¡Providencia misericordiosa! —exclamó la institutriz—. ¿Hay alguien más desgraciado que nosotros?