El corsario rojo
El corsario rojo —Es una chalupa, o mi vista no me responde como de ordinario —respondió Wilder, que permanecía en su puesto esperando el momento en que pudiera verla por segunda vez. Su deseo se vio cumplido. Había confiado por un instante el timón a Casandra, que dejó que la barca se desviara un poco de su dirección. Estas últimas palabras estaban aún en sus labios cuando el mismo objeto negro que ya antes habían visto apareció sobre las aguas lanzándose desde lo alto de una ola, y la quilla invertida se pudo ver por encima del oleaje. De pronto la negra soltó un grito agudo, abandonó el timón, y cayendo de rodillas, se cubrió el rostro con ambas manos. Wilder tomó instintivamente el timón dirigiendo su mirada hacia el lado en que lo había hecho la atrevida mirada de Casandra. Se veía un cuerpo desfigurado, derecho y semidescubierto, avanzando en medio de la espuma que cubría aún la rápida pendiente. Cuando llegó a la parte baja de la impetuosa ola, pareció detenerse un momento, los cabellos empapados de agua, como un monstruo salido de las entrañas del mar para venir a presentar al espectador sus espantosos rasgos; después este insensible cadáver pasó cerca de la chalupa y poco más tarde se elevó en la cresta de una ola para caer de nuevo y no volver a aparecer más tan macabro espectáculo.