El corsario rojo
El corsario rojo No solamente Wilder, sino también Gertrudis y mistress Wyllys habÃan tenido esta escalofriante visión lo suficientemente cerca para reconocer los rasgos de Nighthead, los más sombrÃos y repugnantes que jamás haya dejado la muerte; pero nadie habló ni dio señal alguna de que sabÃa quién era la vÃctima. Wilder pensaba que sus compañeras al menos, no habÃan tenido la desgracia de reconocerle y las mujeres veÃan en el deplorable destino del rebelde una imagen de lo que, más tarde, era probable que les estuviera también reservado a ellos. Durante un momento, no se oyó más que a los elementos que parecÃan tararear un siniestro canto de muerte por las vÃctimas en su lucha sangrienta.
—¡La barca se hundió! —dijo al fin Wilder, cuando vio los pálidos rostros y las miradas expresivas de sus compañeras a las que inútilmente trataba de ocultar la verdad—. La chalupa era endeble y estaba muy cargada.
—¿Cree que alguien haya logrado escapar? —preguntó mistress Wyllys con voz casi inarticulada.
—Nadie. DarÃa gustosamente un brazo por salvar al último de esos frustrados marineros que han llegado a tan desgraciado destino por su desobediencia y estúpida superstición.