El corsario rojo
El corsario rojo —¡Asà pues de todos los seres felices y despreocupados que abandonaron hace tan poco tiempo la bahÃa de Newport, a bordo de un barco que era el orgullo de los que en él embarcaban, nosotros somos los únicos que aún estamos con vida!
—Los únicos sin excepción. Esta barca y lo que contiene es todo lo que queda de La Real Carolina.
—¡Mire! —interrumpió Gertrudis apoyando la manó en el hombro de Wilder llevada por el impulso—. ¡Alabado sea Dios! Allà abajo hay algo que rompe la monotonÃa de las aguas.
—¡Es un barco! —exclamó la institutriz; pero una violenta ola elevó súbitamente su verdosa masa entre ellos y el objeto que habÃan divisado, y quedaron hundidos entre las aguas, y pareció como si aquella visión no hubiera tenido lugar y fuera tan sólo fruto de una especie de alucinación que les produjo una vana esperanza. Mientras Wilder miraba al cielo para localizar el lugar en que aquello se habÃa producido. Cuando la chalupa se levantó, su mirada tomó la dirección conveniente y pudo convencerse de que efectivamente, se trataba de un barco.