El corsario rojo

El corsario rojo

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Se podía ver, ciertamente, a una milla de distancia, un barco que vagaba y maniobraba con gracia y sin esfuerzo alguno aparente sobre las olas contra las que la chalupa luchaba con tanta dificultad. Una sola vela tenía desplegada el barco para mantenerse, y aún había sido reducida por medio de los rizos, y tenía forma de una pequeña nube blanca en medio de la masa oscura de las vergas y aparejos.

Mistress Wyllys y Gertrudis, viendo que no se habían equivocado, se pusieron de rodillas, y expresaron su agradecimiento con secretas y silenciosas acciones de gracias. La alegría de Casandra fue más ruidosa y más visible. La criada negra reía a carcajadas, envuelta en lágrimas, y regocijándose de la manera más conmovedora ante la perspectiva que se ofrecía a su joven ama y a ella misma de escapar a una suerte que el espectáculo del que había sido testigo acababa de presentarle en la forma más terrible. Wilder era el único que, en medio de todas estas demostraciones, mostró siempre un aspecto sombrío e inquieto.

—Ahora —dijo mistress Wyllys tomando su mano entre las suyas—, podemos esperar nuestra salvación.

Wilder la dejó entregarse a la efusión de sus sentimientos con una especie de agitación contraída. Pero no respondió nada ni testimonió en modo alguno que participaba lo más mínimo de su alegría.


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