El corsario rojo
El corsario rojo —Seguramente no se habrá enfadado, señor Wilder —dijo Gertrudis—, al ver lucir inoportunamente en nuestros ojos la esperanza de escapar a estas terribles olas, ¿no?
—Yo darÃa mil veces mi vida con tal de que estuvieran ustedes al abrigo de todo peligro —respondió el joven marino—, pero…
—Este es un momento en que no es posible pensar en otra cosa que no sea en dar gracias y estar alegres —interrumpió la institutriz—. No puedo soportar ahora frÃas restricciones. ¿Qué quiere decir con ese pero?
—Puede no ser tan fácil como cree alcanzar a ese barco. El huracán tal vez nos lo impida. En una palabra, es frecuente ver en el mar a más de un barco con el que no se puede hablar.
—Afortunadamente no será éste nuestro desgraciado destino. Le comprendo, sagaz y generoso joven, busca mitigar las esperanzas que quizá pudieran no verse cumplidas. Pero llevo demasiado tiempo confiada a este peligroso elemento para no saber que quien tiene a favor el viento puede hablar o no, según le apetezca.