El corsario rojo
El corsario rojo —Tiene usted razón al decir que nosotros tenemos el viento a favor, señora, y si no estuviera en un barco, nada me serÃa más fácil que aproximarme lo suficiente para hacernos oÃr por el barco extranjero. Ese barco está en marcha, es cierto, pero el viento no es aún lo suficiente fuerte como para llevarnos hasta allÃ.
—¡Él está en marcha! Entonces es que nos ven y esperan nuestra llegada.
—¡No! ¡No! ¡Gracias a Dios aún no nos han visto! Esos pequeños andrajos de tela se confunden con la espuma. Lo tomarán por una gaviota o por cualquier otro pájaro de mar, en el momento en que lo vean.
—¿Y da gracias al cielo por eso? —exclamó Gertrudis mirando inquieta a Wilder con una extrañeza que su maestra más prudente tenÃa la obligación de ocultar.
—Se olvida de que a menudo se encuentran enemigos en nuestras costas. Ese barco podrÃa ser francés.
—No temo a un enemigo generoso. Un pirata incluso, nunca rehusarÃa ayudar a unas mujeres que se encuentran en semejante desgracia.
—Vamos a dejarnos ir a la deriva —dijo él—, y como el barco marcha en sentido contrario, podremos ganar aún una posición que nos permita ser dueños de nuestros movimientos posteriores.