El corsario rojo
El corsario rojo Sus compañeras no sabían qué responderle. Únicamente Casandra elevó la voz para protestar por el tiempo que estaban perdiendo, diciendo al joven marino que, empeñado en sus ideas, no escuchaba a nadie, que si en su obstinación ocurría alguna desgracia a su joven amita, el general Grayson se encolerizaría; y ella le invitaba a pensar en lo que podría desprenderse de la cólera del general Grayson. El resentimiento de un rey no era más temible a los ojos de la sencilla muchacha.
Indignada por el poco caso que hacía de sus palabras, la negra olvidando todo el respeto, en su ceguera por cuidar de aquélla a la que no solamente amaba sino que era para ella una especie de ídolo, cogió el bichero de la barca y ató sin que Wilder lo viera una de las telas que habían sido salvadas del naufragio y la mantuvo elevada durante uno o dos minutos por encima de la vela, sin que su actitud fuese percibida por ninguno de los que la rodeaban. Entonces, es cierto, a la vista de la frente sombría y amenazadora de Wilder empezó a bajar la señal. Pero por muy breve que fuera el triunfo de la negra, no se vio menos coronado por un completo éxito. Una nube de humo salió de los flancos del barco, en el momento que se elevaba en el borde de una ola, y entonces se oyó un disparo de cañón del cual el viento, que soplaba en sentido contrario, amortiguó el ruido.