El corsario rojo
El corsario rojo Tres o cuatro jóvenes, se mostraban bajo una especie de pequeño uniforme de mar para el cual no se había tenido en cuenta la moda de ningún pueblo en particular. A pesar de la aparente calma que reinaba en torno a ellos, cada uno de estos individuos tenía en su cintura un puñal corto y derecho. No había, sin embargo, ningún otro signo inmediato de desconfianza del que un observador pudiera deducir que esta precaución de llevar armas fuera algo más que la costumbre ordinaria del barco. Dos centinelas de mirada hosca y dura, vestidos y equipados como soldados de tierra, y que contra el uso habitual de la marina estaban situados en la línea de demarcación entre el lugar que ocupaban los oficiales y la parte delantera de la cubierta, anunciaban aún mayores precauciones. Pero, sin embargo, todo esto era visto por los marineros con indiferencia, prueba evidente de que la costumbre les había familiarizado con ello desde hacía mucho tiempo.
El individuo que ya fue presentado bajo el título de general, estaba en pie tan rígido como uno de los mástiles del barco, estudiando con intención de crítica el equipaje de sus dos mercenarios, y pareciendo inquietarse tan poco por cuanto pasaba a su alrededor como si se considerase, literalmente, una parte integrante y material del armazón del barco.