El corsario rojo

El corsario rojo

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En el puente de popa y separadas de la gente, se encontraban mistress Wyllys y Gertrudis, que no presentaban en su aspecto o en sus miradas esa inquietud que, naturalmente, es de suponer en mujeres que se encuentran en una situación tan crítica como el estar en compañía de piratas son fe ni ley. Al contrario, mientras que la primera mostraba a su joven amiga el promontorio azul que se elevaba del agua como una nube y que se dibujaba en lontananza, la esperanza se mezclaba de manera impresionante con la expresión ordinariamente tranquila de sus rasgos. Luego llamó a Wilder con tono alegre, y el joven, que desde hacía mucho rato permanecía de pie al final de la escalera que llevaba a cubierta, acudió a su lado en un instante.

—Precisamente en un barco se me está yendo gran parte de mi existencia —dijo la institutriz que evidentemente se entregaba a sus recuerdos de otros tiempos—; ¡feliz y desgraciado a la vez ha sido el tiempo que he pasado en el mar!, y éste no es tampoco el primer barco a bordo del cual haya querido la fortuna dejarme.

Y sin embargo los aparejos parecen que han cambiado después de los días a que me refiero. ¿Es frecuente, señor Wilder, que se permita a un extranjero, como usted lo es en este barco, gobernar un barco de guerra?

—¡Ciertamente no!


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