El corsario rojo
El corsario rojo —Y sin embargo, por lo que mi escaso juicio puede comprender, usted ha desempeñado funciones de primer lugarteniente desde que hemos sido recogidos en este navÃo.
Wilder volvió de nuevo los ojos, y pareció, con clara evidencia, que buscaba las palabras antes de responder:
—Un tÃtulo de lugarteniente siempre es respetado. El mÃo me ha procurado la atención que han podido ver.
—Entonces, ¿es usted oficial de la corona?
—¿Ninguna otra autoridad serÃa respetada en un barco de la corona? La muerte ha dejado vacante el segundo puesto de este… barco. Afortunadamente para las necesidades del servicio, incluso tal vez para mà mismo, me he encontrado aquà para ocuparlo.
—Pero dÃgame también —continuó la institutriz que parecÃa dispuesta a aprovechar la ocasión de disipar una duda—, ¿es habitual que los oficiales de un barco de guerra aparezcan armados en medio de su tripulación de la forma en que se ve aquÃ?
—Es la voluntad de nuestro comandante.
—Este comandante es, evidentemente, un hábil marinero; pero al mismo tiempo es un hombre cuyos caprichos y gustos son tan extraordinarios como aparentan. Ya le he entretenido bastante y me parece que no dispone de mucho tiempo.