El corsario rojo
El corsario rojo Mistress Wyllys guardó silencio durante unos minutos, y sus ojos permanecieron fijos en el rostro del ser tranquilo e inmóvil que conservaba siempre la misma actitud, aislado de toda la gente que había adoptado la decisión de someterse por completo a su autoridad.
—¿Hace mucho tiempo que conoce al capitán Heidegger? —preguntó ella.
—Nos habíamos visto anteriormente.
—Parece un hombre de origen alemán, a juzgar por su acento. Estoy segura de que es nuevo para mí. He conocido aquel tiempo en que había pocos oficiales de ese rango al servicio del rey, que no me fuesen conocidos al menos de nombre. ¿Hace mucho que su familia vive en Inglaterra?
—Es una cuestión a la que podía responder mejor él mismo —dijo Wilder—, notando con placer que aquel que era el centro de su conversación se les acercaba.