El corsario rojo
El corsario rojo Wilder se retiró con evidente desagrado, y si en el corazón de sus compañeras habían empezado las sospechas, notarían la mirada de desconfianza que dirigió a su comandante, cuando éste vino a saludarles y hacerles su visita de cada mañana. No había, sin embargo, nada en los modales del Corsario que pudiera revelar una celosa vigilancia. Al contrario, sus maneras eran indiferentes, frías y parecía preocupado. Se podría decir que vino a conversar con ellos mucho más por el sentimiento de los deberes de hospitalidad que por el placer que pudiera encontrar en hacerlo. A pesar de eso su aspecto era jovial, y su voz dulce como el aire de las islas florecientes que se ven en la lejanía.
—Miren qué paisaje —dijo indicando con el dedo las cimas azuladas de la tierra, que hace las delicias del habitante de las tierras y el terror del marino.
—¿Los marinos sienten tanta repugnancia al ver los países que tantos de sus semejantes encuentran placer en habitar? —preguntó Gertrudis con una franqueza que habría bastado para demostrar que su alma joven e inocente no tenía la menor sospecha del verdadero carácter de aquel que les hablaba.