El corsario rojo

El corsario rojo

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—¿Su nombre es miss Grayson? —preguntó el Corsario con una sonrisa en que la ironía estaba quizá cubierta por la broma. Después del peligro que ha corrido hace tan poco tiempo, yo mismo, verdadero monstruo del mar tan testarudo y terco como soy, no tengo ningún motivo para enfadarme por su repugnancia hacia nuestro elemento. Y sin embargo, al menos así me lo parece, siente cierto placer. Tenemos regularmente nuestros bailes, por ejemplo, hay a bordo de este barco artistas que, si son incapaces quizá de formar con sus piernas un ángulo recto tan exacto como el primer bailarín de ballet, pueden, sin embargo, continuar con los mismos rostros en una borrasca, lo que es mucho más de lo que sabría hacer el mejor danzante de salones.

—Un baile sin mujeres debe ser una diversión poco agradable, al menos para nosotros, pobres habitantes sin gusto de tierra firme.

—¡Ejem!, no sería así, sin duda, si hubiera una o dos damas. Al momento formamos nuestro teatro, la farsa y la comedia nos ayudan a pasar el tiempo, y nos calzamos el coturno.

—Todo eso es muy bonito pintado de esa forma —respondió mistress Wyllys—; pero el cuadro debe algo al mérito del poeta o del pintor, como quiera llamarle.

—No tengo más que una grave y verídica historia. Sin embargo, puesto que usted duda de ella…


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