El corsario rojo
El corsario rojo Apenas había sonado el grito de: ¡A las farsas!, cuando un murmullo de voces bajas, que se escuchaba desde hacía bastante rato entre la tripulación, cesó de golpe, y una aclamación general salió a la vez de todas las bocas. En un instante, desapareció todo síntoma de letargo, para dar paso a una actividad general y extraordinaria. Los marineros de los mástiles se lanzaron como animales saltadores, en medio de los aparejos de sus berlingas respectivas, y se les vio trepar por las escaleras de cuerdas oscilantes como ardillas que se afanasen en ganar su agujero a la primera señal de alarma. Los marineros más viejos y menos ágiles del castillo de popa, los ayudantes de los cañoneros y los maestros cuarteleros, personajes más importantes aún, todos se esforzaban, con una especie de instinto, en ocupar sus posiciones respectivas, los más ejercitados, en preparar las farsas a sus camaradas, concretaban los preparativos.