El corsario rojo
El corsario rojo Había otro pequeño grupo de hombres que estaban reunidos, en medio de los clamores y de la confusión general, con un orden y diligencia que manifestaban a la vez que ellos sentían la necesidad de unirse a la circunstancia del momento: era la tropa guerrera, tan bien disciplinada, del general, entre la cual y los marineros más ampulosos existía una antipatía que se podría casi definir como instintiva, y que sobre todo, por razones fáciles de entender, había sido tan fuertemente alentada en el barco del que hablamos, que a menudo se había manifestado en querellas tumultuosas y otras veces, incluso, en una especie de combates. Bien podían llegar a una veintena; se reunieron rápidamente, y, aunque tenían que dejar sus armas de fuego antes de llegar, tomaron parte en la diversión general; había en el rostro de cada uno de estos héroes con bigotes una expresión sombría que mostraba el placer con que utilizarían la bayoneta colgada en sus espaldas, si la necesidad les obligase. Su comandante se retiró con el resto de los oficiales al castillo de proa, para no importunar con su presencia los juegos y maniobras de aquéllos a quienes habían cedido el resto del barco.