El corsario rojo
El corsario rojo Los marineros triunfantes y maliciosos invitaron a los soldados marinos a aprovecharse de su ventaja. Empapados hasta los huesos y animados por su deseo de venganza, una media docena de soldados, conducidos por un cabo cuya polvorienta cabellera se había convertido en una especie de pasta por el contacto demasiado íntimo que había tenido lugar entre ella y un cubo repleto de agua, trataron de subir por los aparejos, tarea mucho más difícil para ellos que ir a la brecha.
Apenas pasó el último de la tropa, cuando veinte marineros se precipitaron desde lo alto de la cofa para saltar sobre su presa. En menos tiempo del que cabría esperar, este intento fue realizado. Dos o tres audaces aventureros fueron amarrados en el lugar en que se encontraban, totalmente incapaces de ofrecer la menor resistencia en un sitio donde el mismo instinto les obligaba a emplear sus dos manos para resistir, mientras que el resto de la tropa estaba alzada, por medio de poleas, tan fácilmente como se hubiera podido subir una verga o una vela ligera.