El corsario rojo

El corsario rojo

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En medio de las ruidosas aclamaciones que siguieron a este suceso, un marinero sobresalió por la gravedad y aplicada actitud con que desempeñaba su papel en esta comedia. Sentado en el extremo de una gran verga, con tanta seguridad como si hubiese estado tendido sobre un sofá, estaba muy ocupado en examinar el estado de un prisionero que había pasado de mano en mano hasta llegar a él, con orden del capitán de la tropa victoriosa, que dirigía desde lo alto de la cofa, de hacer con él una gorra y ponérsela.

—¡Muy bueno!, ¡muy bueno! —dijo nuestro marinero serio y acompasado, que no era otro sino Richard Fid—; las eslingas que se me han enviado con este valiente compañero no son de las mejores —y exclamó luego—, ¿qué pasará pues, cuando le icemos con una polea? ¡Pardiez!, señores, debíais haber suministrado a este muchacho un atavío más propicio para el ridículo, si queríais enviarle con mejor compañía; hay más agujeros en su vestido que portillas en el barco… ¡Eh! ¡Los de cubierta! Guinea, búscame un sastre, y envíale aquí para que ponga el trasero del camarada al abrigo del viento.




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