El corsario rojo
El corsario rojo El africano de estatura atlética, que fue puesto en el castillo de proa por su prodigiosa fuerza, echó una mirada a lo alto, y con los brazos cruzados sobre el pecho, se puso a rondar por el puente con un aspecto tan serio como si hubiera sido encargado de una función de la mayor importancia. Oyendo todo este ruido por encima de su cabeza, un hombre que con aire de angustia y tristeza inspiraba verdaderamente piedad, había salido del retirado rincón en el que se encontraba para subir por la escalera de escotilla de delante, y pasando la mitad del cuerpo, con una madeja de grueso hilo en el cuello, un trozo de cera en una mano y una aguja en la otra, se puso a mirar atentamente a su alrededor. Detuvo su mirada en el pobre diablo de Escipión. Extendiendo el brazo, le tocó en el hombro, y antes de que su víctima estupefacta supiera en qué manos había caído, un garfio le sujetó por la cintura de su pantalón, y ya estaba a mitad del camino entre el mar y la verga para ir a reunirse con el viejo Richard.
—Cuida de que no caiga en el mar —gritó Wilder desde lo alto de la popa.
—Es el sastre, amo Harry —respondió el negro impasible—; si paño no ser bueno, él no tener otro.