El corsario rojo
El corsario rojo —He ahà una bonita dársena, Guinea —dijo el blanco mascando el tabaco en la boca y apartando los ojos del barco por primera vez después de algún tiempo— y es un lugar donde querrÃa ver a su fragata cuando está indefensa a merced del viento. Puedo decir sin vanagloriarme que soy muy poco marino; y muy malo ya que no puedo adivinar cuál puede ser la filosofÃa del capitán para dejar su barco en la bahÃa exterior, cuando podrÃa remolcarlo a este estanque en menos de media hora. De esa manera da un rudo trabajo a sus barcos, y es lo que llamo hacer mal tiempo siendo bueno.
El negro era apodado Escipión el Africano por una especie de refinamiento espiritual que era mucho más corriente en las provincias que en el este de los Estados de América, y que puebla en las clases más bajas de la sociedad de una multitud de representantes, al menos con nombre de filósofos, de poetas, y de héroes de Roma. A él le daba igual que el barco estuviese en la bahÃa de la entrada o en el puerto, y lo demostró respondiendo con un aire de indiferencia y sin interrumpir su infantil distracción:
—Creer que el agua ser profunda, supongo.
—Yo te digo, Guinea —dijo el otro en un tono seco y perentorio— que ese hombre no sabe nada. Si conociera algo del gobierno de un barco, ¿lo dejarÃa en una rada cuando podrÃa amarrarlo, de popa y proa, en una dársena como ésta?