El corsario rojo

El corsario rojo

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—¿A qué le llamas rada? —interrumpió el negro sorprendiendo con la avidez de la ignorancia la ocasión de señalar el ligero error que su adversario había cometido confundiendo la bahía exterior de Newport con el fondeadero más extenso que le separaba del puerto, y se inquietó un poco, como todas las personas de su clase, dudando de la oportunidad de la objeción—; ¡Yo no oír nunca llamar rada a un fondeadero con tierra alrededor!

—Escucha un poco, dueño de la Costa de Oro —refunfuñó el blanco inclinando la cabeza hacia el lado con aire amenazador, aunque despreció aun volver los ojos hacia su humilde adversario—, si no quieres tener el cuerpo magullado durante más de un mes, arroja, créeme, el garfio sobre tu espíritu, y ten cuidado con la forma en que dices las cosas. Dime tan sólo una cosa, si quieres: ¿un puerto no es un puerto, y el mar no es el mar?

Como eran dos preguntas que el sutil Escipión no podía contestar, se abstuvo prudentemente de discutir, contentándose con mover la cabeza con aire de complacencia, y riendo orgulloso del triunfo imaginario que había obtenido sobre su compañero el cual nunca había conocido ninguna preocupación, ni jamás había sido humillado por injurias mucho tiempo y muy pacientemente soportadas.


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