El corsario rojo
El corsario rojo —SÃ, sà —refunfuñó el blanco volviendo a tomar su primera actitud y cruzando de nuevo los brazos que habÃa separado un poco para dar más fuerza a la amenaza que acababa de hacer—, ahora respira como una manada de cornejas hambrientas, como si pensaras que me has echado a pique por ello. Un negro es un animal sin razón: ¡el Señor lo ha hecho asÃ; y un marinero experimentado que ha doblado dos cabos y ha pasado todos los promontorios entre Fundy y Horn no tendrá derecho a utilizar su aliento, quizás en vano dando una lección a un ser de tu especie! Te diré Escipión, que el que ha fondeado en la bahÃa exterior de este puerto de mar no sabe nada de baraderos, ya que si supiera, fondearÃa en el extremo meridional de ese pequeño cabo de isla que ves, y tirarÃa de los cabos de su barco hasta allÃ, amarrarÃa con buenos cables de cáñamo y garfios de hierro. Asà que ahora, negrito, pon atención a mi razonamiento —y su tono suavizado demostraba que la pequeña escaramuza que habÃa tenido lugar no habÃa sido más duradera que una de esas borrascas repentinas que habÃan visto uno y otro muchas veces, y que generalmente pronto llegaba la calma—; sigue bien la analogÃa de lo que me place decirte. Ese ha venido a este baradero para alguna cosa o bien para nada, hubiera podido quedarse totalmente fuera, y yo no tendrÃa nada que objetar; pero si ha venido para algo, podrÃa haberse situado en un lugar más cómodo precisamente en donde yo te decÃa, muchacho, y no en el que se ha colocado, aunque lo que quiera llevarse no pese más que un puñado de plumas suaves para la almohada del capitán. Por el momento si tienes alguna cosa para echar por tierra la calidad de mi razonamiento, ¡pues bien!, estoy dispuesto a escucharte como hombre razonable que no ha olvidado los métodos de enseñar su filosofÃa.