El corsario rojo
El corsario rojo —¡Atrás! ¡Atrás todos! —gritó Wilder colocándose en medio de la multitud, y abriéndose paso con energÃa, quizá, por el recuerdo del peligro que corrÃan las mujeres sin su protección si las lÃneas de subordinación llegaban a romperse violentamente en una tripulación compuesta por semejantes individuos.
—¡Atrás! Si deseáis seguir viviendo, ¡obedeced! Y usted, señor, ya que le tiene por tan buen soldado, ordene a su gente que cumpla con su deber.
Por mucha repugnancia que hubiera podido inspirarle la escena anterior, el general estaba demasiado interesado por el mantenimiento de la paz interior del barco, como para esforzarse en responder a lo que le habÃan dicho. Fue secundado por todos los oficiales subalternos, que se percataban de que tanto su vida como su fortuna estaban en peligro, si no hacÃan detenerse el torrente desbordado de manera tan inesperada. Pudieron comprobar cuán difÃcil resulta sostener una autoridad que no está basada en ningún poder legÃtimo. Neptuno dejó su máscara, y sostenido por sus vigorosos camaradas del castillo de proa se preparaba evidentemente para un combate que podÃa proporcionarle tÃtulos más grandes de inmortalidad que cuanto acababa de hacer.