El corsario rojo
El corsario rojo Viéndose obligado a defender su frágil humanidad, el forzudo marino presentó sus saludos con los accesorios que la circunstancia parecía exigir.
Semejante intercambio de salutaciones entre dos personajes tan eminentes fue la señal de las hostilidades generales entre sus respectivos subordinados. El tumulto que siguió al ataque había atraído la atención de Fid, que, desde que vio el giro que tomaban los juegos que se llevaban a cabo allá abajo en cubierta, abandonó a su compañero sobre la verga, y se deslizó con ayuda de un estay, casi con la misma agilidad que un mico, esa caricatura de hombre, habría podido ejecutar la misma maniobra. Su ejemplo fue seguido por los marineros de los mástiles, y en menos de un minuto todo hacía creer que los bravos soldados marinos iban a ser derrotados por la superioridad, en número, de los otros; pero firmes en su resolución y en su animosidad, estos aguerridos guerreros, llevados de su sed de venganza, en lugar de buscar un refugio para su huida, se replegaron unos contra otros con el fin de sostenerse. Se veían las bayonetas brillar al sol, mientras que algunos marineros separados del grupo llevaban ya en las manos las lanzas que habían cogido al pie del mástil.